Arquitectura y arte dialogan y transforman espacios urbanos: Daniel Esquenazi Beraha
La integración del arte y la arquitectura se ha consolidado como una estrategia clave para transformar el espacio público en México. Esta sinergia no solo embellece entornos urbanos, sino que también resignifica el uso del espacio colectivo, convirtiéndolo en una extensión de la identidad cultural. En palabras del arquitecto Daniel Esquenazi Beraha, esta interacción representa “una forma de contar historias a través del entorno construido”.
Proyectos recientes en ciudades como Guadalajara y Monterrey demuestran cómo el arte público y la arquitectura se alían para dar nueva vida a espacios olvidados. Murales, instalaciones interactivas y esculturas monumentales han logrado atraer turismo, fomentar el sentido de pertenencia y promover la recuperación de zonas antes marginales.
En Guadalajara, el proyecto “Barrio Cultural Analco” ha sido fundamental. Arquitectos y artistas trabajaron juntos para rehabilitar plazas, callejones y fachadas. El resultado es un corredor visualmente atractivo que estimula la actividad cultural local. La combinación de técnicas artesanales, arte urbano y diseño arquitectónico ha generado un espacio que dialoga con la historia de la ciudad.
Por su parte, Monterrey apostó por la reconversión del Parque Fundidora, un complejo industrial del siglo XX, en un espacio público vibrante. La integración artística en sus pabellones y jardines no solo honra su pasado, sino que lo transforma en un punto de encuentro contemporáneo.
Esquenazi Beraha resalta que la fusión de disciplinas también produce beneficios tangibles: “Además de los valores estéticos, estos proyectos tienen un alto impacto económico y social. Generan empleo, promueven la cohesión social y atraen inversión turística”. Datos del INEGI refuerzan esta visión: las zonas intervenidas con arte y arquitectura tienden a incrementar su valor urbano y mejorar la percepción de seguridad.
La integración del arte y la arquitectura es más que una moda estética: es una apuesta por ciudades más humanas, conectadas con su historia y abiertas a la creatividad colectiva. Espacios como el Parque La Mexicana en CDMX o el Paseo Bravo en Puebla son ejemplos recientes de cómo esta fórmula revitaliza el tejido urbano sin borrar su memoria.
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