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Un olor desagradable, similar al de un huevo podrido, podría haber ayudado a resolver uno de los grandes dilemas de la astronomía moderna. El gas responsable de ese aroma, el sulfuro de hidrógeno, fue detectado en la atmósfera de varios mundos gigantes situados a años luz de la Tierra, y su presencia podría explicar cómo se formaron.
El hallazgo fue posible gracias a observaciones del telescopio espacial NASA y al análisis de investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles y la Universidad de California en San Diego, cuyos resultados fueron publicados en la revista Nature Astronomy.
Durante años, los científicos han tenido dificultades para diferenciar entre planetas gigantes y enanas marrones, dos tipos de cuerpos celestes que pueden parecer similares desde la distancia.
Sin embargo, la detección de sulfuro de hidrógeno podría ser la prueba definitiva.
Este gas indica que los objetos estudiados se formaron mediante la acumulación de material sólido, un proceso típico de los planetas, y no por el colapso directo de una nube de gas.
Los mundos analizados orbitan la estrella HR 8799, a unos 133 años luz, y tienen entre cinco y diez veces la masa de Júpiter.
Los investigadores señalan que el azufre, a esa distancia de su estrella, solo puede originarse en forma sólida.
Por ello, su presencia en estado gaseoso se interpreta como una huella química que revela el proceso de formación de estos cuerpos.
El análisis espectral también mostró que estos planetas poseen una mayor proporción de elementos pesados que su estrella, un fenómeno similar al observado en los gigantes gaseosos de nuestro propio sistema solar.
Este enriquecimiento sugiere que los procesos de formación planetaria podrían seguir reglas universales en distintas regiones del cosmos.
Para detectar señales tan débiles, los científicos aplicaron técnicas avanzadas capaces de separar la luz de los planetas de la de su estrella, que es miles de veces más brillante.
Los expertos consideran que esta metodología será clave en el futuro para estudiar mundos más pequeños.
Aunque por ahora solo es posible analizar gigantes gaseosos, el objetivo a largo plazo es detectar señales de vida en planetas rocosos mediante el estudio de sus atmósferas.
Si ese día llega, todo podría haber empezado con un olor tan desagradable como revelador.
Con información de National Geographic.
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