con imágenes tomadas de la red
¿Qué tienen que ver los hongos con la arquitectura?
¿Te imaginas vivir en un edificio que pueda repararse solo o adaptarse al entorno como un ser vivo?
Lo que parece ciencia ficción ya se está investigando en Europa.
Gracias a proyectos financiados por la Unión Europea, científicos y arquitectos exploran el potencial del micelio de los hongos para crear materiales de construcción sostenibles, autorregenerativos y capaces de reducir la huella de carbono.
El pionero de esta investigación es Han Wösten, profesor de biología molecular en la Universidad de Utrecht, quien lleva más de una década estudiando cómo las redes de raíces de los hongos pueden convertirse en materiales resistentes y ecológicos.
“En diez años deberíamos tener los primeros edificios hechos de hongos”, asegura.
El micelio es la red subterránea de filamentos que nutre a los hongos y conecta plantas entre sí, funcionando como un “internet natural”.
Con este material se han fabricado ya paneles aislantes y productos similares al cuero, pero el siguiente paso es ambicioso: crear edificios vivos.
La iniciativa, llamada Fungateria, busca desarrollar materiales que no solo sean biodegradables y resistentes, sino que también crezcan, se reparen y hasta absorban CO₂.
Con ello, se plantea una alternativa al concreto y al plástico, cuya producción es responsable de enormes emisiones contaminantes.
Los edificios vivos podrían cambiar radicalmente la manera en que entendemos la arquitectura. Imagina paredes que cierran sus propias grietas o ladrillos que limpian el aire.
Además, este enfoque aprovecharía residuos agrícolas para darles nueva vida en forma de construcciones más verdes.
El arquitecto Phil Ayres, de la Real Academia Danesa de Arquitectura, Diseño y Conservación, explica que este cambio requiere también transformar nuestra visión:
“Si empezamos a concebir los edificios como organismos vivos, podremos diseñar una arquitectura más conectada con el medio ambiente”.
Los investigadores usan un hongo llamado Schizophyllum commune, que puede alimentarse de residuos agrícolas hasta convertirse en un material duro y aislante.
Para evitar riesgos, su crecimiento puede detenerse mediante luz, temperatura o bacterias programadas genéticamente que actúan como “interruptores naturales”.
Aunque el proyecto Fungateria sigue en marcha hasta 2026, ya se ha demostrado que los materiales fúngicos pueden sobrevivir a sequías y altas temperaturas.
Esto los convierte en candidatos ideales para enfrentar los retos del cambio climático.
La visión es clara: en el futuro podrían levantarse casas y edificios completos a partir de marcos de madera reforzados con hongos vivos, creando estructuras que no solo se inspiran en la naturaleza, sino que forman parte de ella.
Con información de El país.
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