imagen tomada de digitec.ch
Era la joya del futuro, la promesa de una ciudad sin coches, sin contaminación y con tecnología de punta. Pero The Line, el megaproyecto urbano de Arabia Saudí, ha terminado siendo lo contrario: un ejemplo de cómo los sueños faraónicos pueden chocar con la realidad.
Según exfuncionarios y trabajadores del proyecto, The Line “ha dejado de ser sostenible”.
Lo que alguna vez se anunció como una ciudad de 170 kilómetros de largo, encerrada entre muros de espejo y hogar de nueve millones de personas, hoy se reduce a unos cuantos kilómetros en construcción… y a miles de cimientos abandonados en medio del desierto.
La idea nació de la mente del príncipe heredero Mohammed bin Salmán (MBS).
Mohammed imaginó una ciudad completamente lineal, con edificios de 500 metros de alto y 200 metros de ancho, conectada por un tren de alta velocidad.
Inspirado en un concepto inicial del estudio Morphosis, el príncipe decidió “darle un giro radical”: transformar una franja urbana en dos torres paralelas gigantes con fachada de vidrio y acero.
Dentro habría de todo: apartamentos, estadios, un puerto oculto y un edificio de oficinas construido boca abajo llamado The Chandelier.
El problema es que, como dijeron los propios arquitectos, “la física quizá no coopere”.
Construir The Line implicaba cifras fuera de toda lógica:
Más cemento del que produce Francia en un año, solo para los primeros módulos.
3.5 millones de toneladas de acero por cada bloque de 800 metros.
5 millones de metros cúbicos de hormigón también por cada bloque de 800 metros.
Y un ritmo de construcción tan extremo que requería la llegada de un contenedor de materiales cada ocho segundos, las 24 horas del día.
Además, el proyecto demandaba hasta el 60% del acero verde disponible en el planeta, lo que disparaba los precios y hacía inviable cualquier planificación.
Con el tiempo, la realidad económica se impuso. La caída de los precios del petróleo y el aumento del déficit obligaron al gobierno saudí a recortar gastos.
De los 20 módulos iniciales, solo 3 siguen en pie.
El resto quedó en el olvido tras gastar más de 50 mil millones de dólares.
Desde el espacio, lo que se ve ahora es un paisaje de pilotes, zanjas y estructuras inconclusas: el esqueleto de un sueño que nunca despegó.
Los intentos de atraer inversión extranjera tampoco funcionaron.
“A medida que bajaba de siete módulos, se volvió imposible venderlo como inversión”, confesó uno de los ejecutivos del proyecto al Financial Times.
Dentro del equipo, pocos se atrevían a contradecir al príncipe.
“A MBS no se le podía decir que algo era imposible. El mensaje era: haz que funcione”, relató un exmiembro del proyecto.
Pero ni las órdenes reales pudieron sostener un plan tan ambicioso.
Hoy, The Line se ha convertido en el símbolo de una fantasía que quiso romper las reglas de la arquitectura, la física y la economía… y perdió contra las tres.
Como dijo un urbanista saudí:
“Como experimento mental, genial. Pero no construyas experimentos mentales”.
The Line prometía el futuro, pero terminó siendo una lección monumental sobre los límites del poder, el dinero y la imaginación.
Con información de El Confidencial.
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