imagen tomada de aarp.org
Durante años, los médicos han tenido que confiar en escalas subjetivas o simples observaciones para saber cuánto dolor siente un paciente. Pero eso está cambiando gracias a la inteligencia artificial (IA) y a una nueva generación de tecnologías médicas que pueden medir la intensidad del dolor en cuestión de segundos.
Según MIT Technology Review, este avance promete transformar la forma en que se diagnostica y trata el dolor, sobre todo en personas que no pueden expresarse, como pacientes con demencia o bebés.
Hasta ahora, los métodos tradicionales —como las escalas numéricas o la observación clínica— resultaban poco precisos.
En residencias como Orchard Care Homes, en el norte de Inglaterra, muchos pacientes con dolor eran confundidos con personas “problemáticas” y tratados con sedantes, sin atender la causa real.
A esto se sumaban sesgos clínicos y culturales: estudios recientes muestran que las mujeres reciben un 10% menos atención por dolor que los hombres, y que los niños negros tienen un 39% menos probabilidades de recibir analgésicos frente a sus pares blancos.
La solución ha llegado con dos enfoques principales.
El primero analiza señales fisiológicas como la frecuencia cardíaca o la actividad cerebral mediante sensores y algoritmos.
Un ejemplo es el PMD-200, un dispositivo aprobado por la FDA que calcula un “puntaje de dolor” en pacientes quirúrgicos y ha reducido la necesidad de opioides.
El segundo enfoque usa visión por computadora para interpretar expresiones faciales y micromovimientos relacionados con el dolor.
Estos sistemas alcanzan precisiones de más del 90%, comparables a la de un evaluador humano experto.
Uno de los desarrollos más prometedores es PainChek, una aplicación móvil aprobada en varios países.
Con solo usar la cámara del teléfono, analiza nueve micromovimientos faciales en tres segundos y genera una puntuación del 0 al 42.
Los resultados se guardan en la nube y ayudan a médicos y cuidadores a ajustar tratamientos.
En residencias de Reino Unido, su uso redujo en un 25% los medicamentos antipsicóticos y mejoró la convivencia entre los residentes.
Además, tareas que antes tomaban 20 minutos ahora se completan en menos de cinco.
A pesar de los beneficios, algunos profesionales aún se muestran escépticos. Pero, como dice Cheryl Baird, exdirectora de calidad de Orchard Care Homes:
“No adivinamos la presión arterial ni el oxígeno. ¿Por qué seguir adivinando el dolor?”.
El futuro apunta a expandir estas herramientas a otros campos, como el análisis del dolor infantil o el uso de sensores cutáneos para detectar crisis en pacientes oncológicos.
Si la inteligencia artificial para medir el dolor logra consolidarse, podría representar un cambio histórico: convertir una experiencia subjetiva en un dato clínico confiable… y darle voz, por fin, a quienes sufren en silencio.
Con información de Infobae.
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